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Un Cuento Navideño con IA

En este día tan especial quise saludarlos y hacerles un regalo relacionado con el gran tema del año 2025: la aplicación de la IA.

 

Lo primero que pensé fue generar una imagen tipo tarjeta navideña con el estilo retro futurista que tanto me gusta. Luego pensé que era mejor crear un cuento navideño breve usando la IA y, a partir del mismo, generar la imagen. Esto fue lo que sucedió:


Fuente: imagen generada con Gemini PRO usando el Prompt “Genera una imagen con estilo de ciencia ficción de los años cincuenta que represente este cuento breve navideño: …”.

 

Cuento: "Navidad alrededor de Plutón"

 

La vastedad del espacio nunca me había parecido tan aterradora como en aquel momento. El Prometeo-I, una maravilla de la ingeniería de finales de los años cincuenta, flotaba como una cáscara de nuez plateada sobre el horizonte sombrío de Plutón.

 

Había llegado allí, al borde mismo del sistema solar, impulsado por la ambición de una humanidad que apenas comenzaba a gatear fuera de su cuna terrestre. La misión de exploración había sido, hasta ese punto, un éxito sin precedentes: fotografías nítidas de llanuras de nitrógeno congelado y datos atmosféricos que harían palidecer a los teóricos de la Universidad de Princeton. De hecho, el aterrizaje y el posterior despegue del planeta había transcurrido sin mayores dificultades.

 

Sin embargo, el destino tiene una forma lógica y cruel de manifestarse a través de la entropía. Cuando inicié la secuencia de ignición para el viaje de retorno, en el punto exacto de la rotación planetaria, el sistema de impulso iónico no rugió. En su lugar, un chasquido seco y metálico resonó por todo el casco, seguido de un silencio absoluto.


El diagnóstico del abismo: El fallo no era solo una cuestión de velocidad; era una sentencia de muerte técnica. Los sistemas del Prometeo-I estaban integrados de tal forma que el generador principal, al quedar inerte, arrastró consigo los purificadores de atmósfera.

 

El motor de impulsión no solo me movía, sino que su calor residual alimentaba el proceso de electrólisis para generar oxígeno.

 

Sin propulsión, la nave se convertía en una tumba sellada al vacío, donde el aire se volvería irrespirable mucho antes de que el frío lograra detener mi corazón.

 

Las reservas de emergencia eran limitadas, un margen de error calculado en un escritorio de Houston que no previó una avería total en el punto más alejado de la Tierra.

 

Me quedé allí, sentado en el sillón de mando, observando los diales analógicos que parpadeaban con una luz mortecina. El miedo no llegó como una explosión, sino como un frío lento que subía por mis piernas. Morir solo es el temor atávico de todo explorador, pero morir a miles de millones de kilómetros de cualquier otro ser humano, rodeado de una oscuridad que parece tener sustancia propia, es una experiencia que ninguna simulación puede preparar.

 

La cuenta regresiva hacia el 25 de diciembre: Realicé los cálculos una y otra vez con mi computador de 64 bits de a bordo, esperando haber cometido un error de principiante. Pero los números no mienten; son los jueces más imparciales del universo. El oxígeno remanente, racionado al mínimo y con mi respiración controlada mediante meditación, se agotaría exactamente en la medianoche del 24 de diciembre. No dejé de percibir esta ironía, ya que para mí ha sido siempre el momento más hermoso del año, siempre compartido con mi familia y amigos.

 

Pasé los días previos sumido en una penumbra grisácea, observando a Plutón por la escotilla reforzada.

 

Me preguntaba si en la Tierra alguien miraría hacia el cielo esa noche, buscando una estrella que, en realidad, era mi prisión metálica.

 

La ironía era insoportable: mientras el mundo celebraba el nacimiento y la esperanza, yo me preparaba para el último suspiro en el lugar más gélido del sistema.

 

Abrigaba, casi con vergüenza profesional, la esperanza de un milagro. No un milagro místico, sino uno de esos que el gran escritor Isaac Asimov describiría como la resolución de una variable oculta en la estructura del cosmos. Deseaba que el frío extremo de Plutón, que había congelado los lubricantes y bloqueado las válvulas, de alguna manera ofreciera la solución.


El milagro de la Superconductividad Fría: El 24 de diciembre, con la cabeza pesada por el exceso de dióxido de carbono, me arrastré hasta el compartimento del reactor. Observé las bobinas del motor, cubiertas por una escarcha extraña que no se parecía a nada visto en la Tierra. En ese momento de lucidez desesperada, recordé las teorías sobre el comportamiento de los metales a temperaturas cercanas al cero absoluto.

 

Al estar tan cerca de Plutón, la nave había alcanzado un estado térmico que las pruebas en el vacío terrestre no pudieron replicar.

 

Me di cuenta de que el fallo no fue una ruptura, sino una transición de fase: el sistema se había vuelto tan eficiente que la resistencia eléctrica desapareció, bloqueando el flujo de corriente convencional por un efecto de retroalimentación que el ordenador de a bordo no sabía interpretar.

 

Solo necesitaba un "cebado" térmico, un choque de calor controlado para romper el ciclo de superconductividad y reiniciar la secuencia de impulsión.

 

Con las últimas fuerzas que me quedaban, utilicé las baterías manuales de los trajes de actividad extravehicular para sobrecargar el núcleo. Hubo un destello azulado, un zumbido creciente que hizo vibrar mis dientes y, de repente, el purificador de aire comenzó a sisear. El oxígeno fresco, con su aroma a ozono y metal, inundó mis pulmones justo cuando el reloj marcaba el inicio del 25 de diciembre.

 

El retorno del mensajero: El descubrimiento fue monumental. Había hallado, por accidente y necesidad, la clave para la Propulsión por Transición de Fase, un método que permitiría viajes espaciales mucho más rápidos y eficientes utilizando el frío del espacio profundo como aliado en lugar de enemigo.

 

Mientras el Prometeo-I se alejaba de la órbita de Plutón, iniciando el largo, pero ahora seguro camino a casa, sentí una paz que no había conocido en toda mi carrera. Ya no era un náufrago esperando el final, sino el portador de una nueva era.


Así, pasé de ser el primer astronauta en fallecer tan lejos del planeta a un auténtico papá Noel que lleva de regalo el futuro de la exploración espacial.

 


Saludos cordiales.

Profesor Gerardo Cerda Neumann, Editor del Blog.





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